Esclerosis múltiple: factores de riesgo, sus 5 tipos y los síntomas que no deben ignorarse

— Agencias 20/05/2026

La esclerosis múltiple es una enfermedad neurológica crónica que afecta al sistema nervioso central y ocurre cuando el sistema inmunitario ataca la mielina, la sustancia que recubre las fibras nerviosas.

Este daño interfiere en la correcta transmisión de señales entre el cerebro y el resto del cuerpo, lo que puede generar síntomas como visión borrosa, debilidad muscular y problemas de equilibrio. De acuerdo con la revista médica The Lancet, esta enfermedad afecta a más de 2.8 millones de personas en el mundo.

El diagnóstico y el manejo dependen en gran medida de identificar el tipo específico de esclerosis múltiple. Según datos del portal Statista y del National Institute of Neurological Disorders and Stroke, existen cinco formas principales: síndrome radiológico aislado, síndrome clínicamente aislado, forma remitente-recurrente, secundaria progresiva y primaria progresiva. Reconocer cada una es clave para definir el tratamiento y el pronóstico.

Causas y factores de riesgo

La causa exacta aún no se conoce por completo, aunque se considera una enfermedad autoinmune en la que el propio cuerpo ataca el sistema nervioso. Factores como la predisposición genética, ciertas condiciones ambientales y la infección por el virus de Epstein-Barr se han asociado a un mayor riesgo, según la National Multiple Sclerosis Society.

También se han identificado otros factores relacionados, como niveles bajos de vitamina D, tabaquismo y obesidad en la infancia. Sin embargo, estos no son causas directas. Como señalan expertos en salud, ninguna acción aislada “provoca” por sí sola la aparición de la enfermedad.

Formas clínicas de la enfermedad

El síndrome radiológico aislado se detecta únicamente mediante resonancia magnética, donde aparecen lesiones típicas sin síntomas evidentes, aunque requiere vigilancia médica.

El síndrome clínicamente aislado aparece como un primer episodio neurológico —como alteraciones visuales, hormigueo o pérdida de fuerza— que dura al menos 24 horas y puede o no evolucionar hacia la enfermedad.

La forma remitente-recurrente es la más común y se caracteriza por brotes de síntomas seguidos de periodos de mejoría parcial o completa, con una evolución variable entre pacientes.

Con el tiempo, puede progresar a la forma secundaria progresiva, en la que el deterioro neurológico avanza de manera constante, incluso si aún ocurren brotes.

La forma primaria progresiva, menos frecuente, presenta un empeoramiento gradual desde el inicio, sin fases claras de recuperación, y puede confundirse con el envejecimiento u otras condiciones.

Síntomas y evolución

Los síntomas pueden incluir fatiga intensa, problemas de visión, debilidad muscular, alteraciones sensoriales, dificultades cognitivas y trastornos de coordinación o equilibrio. La fatiga es uno de los síntomas más incapacitantes, ya que afecta la vida diaria incluso tras el descanso.

También pueden presentarse espasticidad, dolor crónico, problemas urinarios o intestinales y alteraciones emocionales como ansiedad o depresión, lo que complica el manejo de la enfermedad.

Aunque algunos síntomas pueden parecerse a los de otras enfermedades neurológicas como la esclerosis lateral amiotrófica (ELA), ambas condiciones son distintas: la ELA afecta principalmente las neuronas motoras y progresa más rápidamente, mientras que la esclerosis múltiple se basa en el daño a la mielina y presenta una evolución más variable.

Otras clasificaciones y avances

Además de las formas principales, existen términos como “activa”, “no activa” o “benigna”, que describen la evolución de la enfermedad más que categorías estrictas. Sin embargo, el término “benigna” debe usarse con precaución, ya que la enfermedad puede progresar con el tiempo.

También se reconocen variantes menos comunes como las formas tumefactivas o más agresivas, que requieren atención especializada. Organismos como la European Multiple Sclerosis Platform destacan que la incorporación de biomarcadores, estudios genéticos y técnicas avanzadas de imagen está mejorando el diagnóstico y permitiendo tratamientos más personalizados.

Finalmente, la detección temprana, el seguimiento médico y el uso de terapias modificadoras de la enfermedad pueden ayudar a reducir la frecuencia de brotes, retrasar la progresión y mejorar la calidad de vida de los pacientes.

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