— Marco Orozco 05/05/2026
Con temperaturas que alcanzan los 40 grados, la ciudad se transforma en un escenario donde el calor no solo se mide, sino que se vive.
Desde primeras horas del día, las calles comienzan a reflejar los efectos de la intensa radiación solar: banquetas vacías, tránsito reducido y ciudadanos que modifican su ritmo para adaptarse a las condiciones extremas. La sombra se convierte en refugio, mientras que quienes deben continuar con sus actividades lo hacen bajo un sol implacable.
Trabajadores en exteriores, peatones y automovilistas enfrentan una jornada marcada por el desgaste físico y la exposición constante. La luz intensa y el asfalto caliente no solo impactan el entorno, sino también la dinámica social de la ciudad.
A través de esta fotogalería, se documenta cómo el calor extremo redefine el uso del espacio público y obliga a sus habitantes a resistir, adaptarse y continuar, pese a las condiciones adversas.





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