— Francisco Valdés Ugalde 04/04/2025
Una aporía es “un enunciado que expresa o que contiene una inviabilidad de orden racional”. Con frecuencia aludimos al extremismo, al fanatismo o a diversos fundamentalismos -el de la economía de mercado, de los totalitarismos o los radicalismos extremos-, como intransigencias irracionales de consecuencias catastróficas.
Pero también nos tropezamos con la confusión que producen los populismos de izquierda o derecha por no identificar con claridad sus raíces comunes. Hoy por hoy, la más importante de esas raíces es la voluntad de deformar la democracia hasta hacerla irreconocible.
México y en Estados Unidos tienen liderazgos emparentados y, a la vez, enfrentados por los respectivos populismos que se han entronizado en cada país. Atacan o destruyen al poder judicial si les es adverso; intimidan o censuran a críticos y opositores, desmantelan instituciones de control y violan reglas constitucionales, alientan a las mayorías con base en los sentimientos más rudimentarios y descalifican la acción de la ciudadanía independiente. En suma, actúan como propietarios de un poder que no les pertenece para imponer una legitimidad sin raíces consensuales.
Actúan en nombre de una idea nacional, de un “proyecto” que ellos definen a su antojo, sea la grandeza perdida de América o el bienestar utópico de un pueblo inventado en la verborrea de la secta. Se sostienen en la manipulación del resentimiento y de la ira cubiertos por la mentira de ser la encarnación de la democracia auténtica. Cualquier definición ajena a la suya es una patraña. Sin embargo, esta usurpación es sino reconocimiento implícito de su insignificancia como actores en la pluralidad. Su rechazo al pluralismo es directamente proporcional a la irrelevancia que tendrían en una escena política en la que predominase la cultura ciudadana, la pluralidad de las voces y la obligación recíproca de la decisión razonada y razonable.
En el caso de Estados Unidos la voz cantante la llevan Fox News y el coro que le acompaña. En México la entonan los gritones de la ronda monotónica que se ha instalado en los medios de comunicación que anteriormente eran públicos y ahora son vehículos oficiales de propaganda —han dicho incluso que “no representan al pueblo” sino que “son el pueblo”. En ambos países vemos el secuestro del espacio público para beneficio de fuerzas autoritarias y oligárquicas.
Pero hay algo más en el fondo de la dominación populista: su parentesco con las experiencias fascista y comunista del siglo XX. Y este parentesco se revela en la voluntad política de imponer un proyecto único, que margina y suprime cualquier otra forma de pensar alternativa y todo vestigio de intercambio plural y deliberativo.
Lo que no está dentro de su dominio es enemigo y es menester combatirlo como en la guerra. En Estados Unidos son los demócratas, los globalistas o los radicales marxiwoke. En México recurrieron al diccionario decimonónico para llamarles conservadores, sean los críticos, la prensa o las madres buscadoras. Quien se atreva al desapego o al rechazo activo de la dominación populista es el enemigo. Karl Schmitt ha de estar muy contento. Las sombras de Hitler y de Stalin brillan desde sus fosas.
Esa voluntad política de proyecto único impuesta desde arriba al pueblo en nombre del pueblo contiene el ADN del totalitarismo. Es el tapón, el muro que se erige al proyecto democrático para detenerlo. Los patrocinadores económicos lo aceitan con dádivas que compran servidumbres mientras se llenan los bolsillos a un ritmo superior al de antes.
Se destruye la administración pública y se elimina de ella todo componente de constitucionalidad: muerte al control del poder y a los derechos políticos, civiles y colectivos, aunque los verdugos se cobijen con la vana esperanza de viejas grandezas imaginarias o los millones desparramados en becas.
Por eso son un callejón sin salida. A la postre se verá que si alguna vez hubo grandeza fue cuando las sociedades fueron capaces de darse un Estado solidario o la democracia, así haya sido precaria, que abrieron camino a la libertad de realización.
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