​Leyendas de México: el coyote de La Constancia Mexicana

La ex-fábrica textil de la Constancia Mexicana se fundó en la capital poblana el 7 de enero de 1835 y permaneció en operaciones hasta el año 1991.

La Constancia se convirtió en la primera fábrica mecanizada y la primera en utilizar energía hidroeléctrica para poder mover su maquinaria, siendo parte importante de los inicios de la industria textil en América Latina. Esta fábrica se instaló en el viejo molino de Santo Domingo, situado a unos 5 km de lo que ahora es el centro de la ciudad, en las orillas del río Atoyac.

En el año 1934 la fábrica fue comprada por la familia Barbaroux y en 1960, se la entregó a los obreros como saldo de finiquito, las deudas que tenía con ellos, quienes así la mantuvieron hasta 1976; recordando que La Constancia Mexicana también fue ejemplo del sindicalismo en el país.

Esta hermosa construcción cerró sus puertas el 11 de septiembre de 1991, y tuvieron que pasar 10 años para el que gobierno del estado se hiciera cargo de las instalaciones, por medio de una expropiación.

Este edificio tiene mucho qué contar y una de las leyendas que pocos conocen es la del “Coyote de la Fábrica de la Constancia” la cual es presentada en el libro Leyendas de Puebla (2004), escrito por Salvador Momox Pérez y Roberto Vélez de la Torre.

Se cuenta que al principio del siglo XX, cuando la industria textil se encontraba en pleno apogeo, la fábrica de “La Constancia” le daba empleo a cientos de trabajadores, varios de los cuales vivían en los cuartos que los dueños les facilitaban.

Se dice que por las noches un coyote  pasaba de puerta en puerta por los cuartos y que parado de patas colocaba cada una de sus orejas en la superficie de ellas, tratando de escuchar lo que se decía dentro de estos recintos.

El vigilante, que todas las noches se la pasaba en las azoteas de la fábrica, estaba inquieto pues ya varios de los obreros, le habían reportado la actitud del supuesto coyote. Aunque su mayor preocupación era que su mujer y sus hijos se encontraban lejos de él, en caso de un incidente, por lo que decidió que lo mejor era matar al coyote.

Así que la noche siguiente espió al animal, y comprobó que efectivamente parado en sus patas traseras, iba de puerta en puerta. Preparó su arma, apuntó cuidadosamente, jaló el gatillo y no se produjo ningún disparo.

Al día siguiente, varios comenzaron a darle consejos, como pintar una cruz al arma, ponerle un grano de sal al cañón y hasta usar balas de plata.

Al final, el guardia usó la bala de plata y el grano de sal. Al caer la noche, cuando el supuesto coyote apareció, le disparó pegando la bala en la parte de las costillas, estallando el animal en una combinación de aullidos y gritos humanos.

Los vecinos salieron de inmediato y vieron al animal cómo se retorcía y profería maldiciones.

Después decidieron colocar el cadáver del animal en un montón  de tierra, para que todos lo pudieran ver, pues era grande y gordo con el pelaje oscuro.

Al medio día siguiente, las autoridades llegaron a la fábrica buscando al velador, acusándolo del asesinato de un hombre robusto de tez morena, originario de una población cercana que, antes de morir, había confesado que le había dado un balazo el velador de la fábrica.

Despertaron al velador y este relató lo que había ocurrido, condujo a las autoridades hasta el lugar a donde había quedado el cuerpo del coyote, y encontró únicamente el cuero de un animal con un impacto de bala en el costado.

Lo anterior fue confirmado por toda la gente que había sido testigo. Las autoridades, al comprobar que no había delito que perseguir, sino un hecho extraño que no era fácil de entender, optaron por retirarse.

Durante largo tiempo se comentó este acontecimiento, y varias personas creían que el coyote infernal seguía con su recorrido, y causaba el espanto entre obreros y familiares de este importante centro de trabajo.

 

 

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